Vivir con perspectiva eterna: disciplina, esperanza y la vanidad de la vida

Nuestro D-os es perfecto. Todo lo que Él hace es correcto. Cuando estamos en una relación de pacto con Él por medio de la fe, D-os obra activamente en nuestra vida. La Escritura afirma que Aquel que comenzó la buena obra en nosotros será fiel en completarla. Él trabaja para nuestra edificación, formándonos para que seamos la persona que Él desea, capaces de cumplir Su propósito y de manifestar Su gloria.

Proverbios 3:12, texto que también aparece en Hebreos 12:6, declara: “Porque el Se-or al que ama, disciplina.” Esta disciplina —llámese corrección, castigo o juicio— no tiene como fin destruirnos, sino enseñarnos la verdad, hacernos crecer y madurar espiritualmente, y capacitarnos para servir mejor al D-os vivo.

El Salmo 39 nos introduce en un momento profundamente difícil en la vida de David. Él reconoce su pecado y la consecuencia de este: la pesada mano de D-os sobre su vida. David siente que la disciplina divina está a punto de consumirlo, llevándolo al límite de sus fuerzas. Sin embargo, la Escritura nos recuerda que D-os nunca nos coloca en una situación que no podamos soportar. Con Su ayuda, atravesamos la disciplina y salimos fortalecidos, con mayor discernimiento espiritual y una comprensión más clara de Su voluntad.

En este salmo, David toma una decisión firme: guardar sus caminos y controlar su lengua. No desea caminar conforme a la impiedad ni participar en la conducta de los malvados. Reconoce que la lengua revela el corazón y que hablar incorrectamente es evidencia de pensamientos errados. Por eso decide poner freno a sus palabras y permanecer en silencio delante de los impíos, mostrando autocontrol y compromiso con la verdad.

Esta lucha interior provoca dolor y tensión espiritual. David describe su corazón ardiendo dentro de él, una expresión de la batalla contra la tentación. Pero esta lucha es correcta. Resistir el pecado es parte de una vida regenerada. David no cede; confiesa delante de D-os y reafirma su decisión de no participar en el mal.

A partir del versículo 4, David dirige su mirada a la brevedad de la vida. Le pide al Se-or que le haga conocer su final, la medida de sus días. Comprende que la vida humana, comparada con la eternidad de D-os, es apenas un palmo, un vapor que pronto desaparece. Todo esfuerzo enfocado únicamente en lo temporal es vanidad. Las riquezas, los logros y las posesiones pasarán a manos de otros.

Aquí surge una sabiduría central: debemos vivir de tal manera que transformemos esta vida breve en una vida con implicaciones de reino. Cuando sometemos nuestra vida a la voluntad de D-os, lo temporal adquiere valor eterno. Este es el mismo mensaje que enseña Eclesiastés y que reafirma el Mesías: no acumular tesoros en la tierra, sino en el reino de D-os.

David declara con claridad: “Y ahora, ¿qué esperaré, oh Se-or? Mi esperanza eres Tú.” Esta afirmación lo cambia todo. Cuando D-os se convierte en nuestra esperanza, nuestros objetivos, prioridades y decisiones se alinean con Su voluntad.

Más adelante, David reconoce que está sufriendo disciplina a causa de su pecado. Clama por liberación y pide no cargar con la vergüenza del necio, aquel que conoce la verdad, pero la rechaza deliberadamente. Aun en medio del quebranto, David decide no quejarse, reconociendo que D-os es soberano y que todo lo que Él hace es perfecto.

Finalmente, David ora con humildad y urgencia. Pide que la disciplina sea apartada, no para volver a una vida vana, sino para vivir con propósito antes de que sus días terminen. Reconoce que es extranjero y peregrino en este mundo, y que su verdadera ciudadanía pertenece al reino.

El llamado del Salmo 39 es claro: usa tu tiempo sabiamente, guarda tus caminos, cuida tus palabras y somete tus acciones a la autoridad de D-os. Vive no para lo que desaparece, sino para aquello que tiene consecuencias eternas.

Más enseñanzas en: https://amarasaisrael.org

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