La Escritura habla con claridad sobre cómo debemos pensar. La vida del creyente exige desarrollar una perspectiva piadosa, una manera de ver la realidad desde el punto de vista de D-os. El Salmo 37, escrito por David, es una guía esencial para formar esa mentalidad de reino, recordándonos que lo temporal no debe gobernar nuestras decisiones, sino lo eterno.
David nos enseña que existe una relación directa entre el reino de D-os y la voluntad de D-os. Cuando una persona persigue lo que está alineado con la voluntad divina, automáticamente camina en los valores del reino. Este salmo nos llama a pensar diferente al mundo, a vivir con otro enfoque y a evaluar el éxito, la prosperidad y la seguridad desde la óptica de la eternidad.
1) No competir con los malhechores
El salmo comienza con un mandamiento negativo: no competir con los malhechores. No se trata simplemente de no desanimarse o no inquietarse, sino de no entrar en contienda con quienes persiguen objetivos corruptos. La raíz hebrea apunta a una lucha competitiva por alcanzar lo mismo que otros desean.
David nos advierte: nuestros objetivos deben ser radicalmente distintos. No debemos envidiar ni desear aquello que D-os considera vacío, vano y sin valor eterno. Lo que está ligado a la iniquidad carece de peso ante D-os y no produce resultados duraderos. Satanás engaña ofreciendo satisfacción temporal, pero esas promesas nunca entregan lo que prometen.
El tiempo no favorece al malvado. Tal como la hierba es cortada y se marchita, así ocurre con quienes persiguen lo que está separado de la voluntad de D-os. En contraste, el tiempo sí favorece al justo, porque cada día lo acerca más al cumplimiento final del reino.
2) Confiar en el Se-or y hacer el bien
Frente a esta realidad, David da una instrucción simple y profunda: confía en el Se-or y haz el bien. Confiar significa apoyarse plenamente en Él. El bien, bíblicamente, no es una noción subjetiva, sino aquello que está conectado con la voluntad de D-os.
Cuando confiamos en el Se-or, Él nos posiciona correctamente: “habita en la tierra”, es decir, en el ámbito de sus promesas. Desde allí, nos alimentamos de su fidelidad. La confianza produce ubicación espiritual, y esa ubicación permite experimentar la provisión y la constancia de D-os.
3) Deleitarse en el Se-or transforma los deseos
David continúa: “Deléitate en el Se-or”. Deleitarse implica placer interno, gozo profundo y satisfacción. Cuando reconocemos que los mandamientos y las instrucciones de D-os son buenos, y encontramos contentamiento en obedecerle, algo cambia en nuestro interior.
La promesa es clara: Él dará los deseos de tu corazón. Esto no significa que D-os cumpla caprichos carnales, sino que transforma el corazón para que desee lo que Él desea. Al cambiar nuestra perspectiva, D-os alinea nuestros pensamientos y anhelos con los suyos.
4) Encomendar el camino y esperar la acción de D-os
El verbo “encomendar” en el texto hebreo transmite la idea de rodar una carga sobre alguien más. Es reconocer que hay pesos que no podemos cargar solos. David nos invita a entregar nuestro camino al Se-or, confiar en Él y esperar su obrar.
La fidelidad se manifiesta cuando actuamos conforme a la verdad de D-os y dejamos los resultados en sus manos. D-os promete responder y actuar. Como resultado, nuestra justicia será exhibida como la luz, algo visible y discernible.
Aquí es crucial aclarar: no somos salvos por nuestra justicia, sino por la justicia del Mesías imputada a nosotros por la fe. Las buenas obras no nos introducen al reino; son evidencia de una fe genuina. Toda obra verdaderamente buena es el Espíritu Santo obrando a través del creyente, y toda la gloria pertenece a D-os.
5) Esperar sin competir ni airarse
El salmo insiste: guarda silencio delante del Se-or y espera en Él. No tomes las cosas en tus propias manos. El éxito que proviene de D-os no se arrebata; se recibe.
El creyente no debe competir con quien prospera mediante intrigas. Tampoco debe dejarse llevar por la ira. David es contundente: competir con los malhechores conduce a hacer lo malo. En cambio, quienes esperan en el Se-or heredarán la tierra, es decir, participarán de las promesas del reino.
6) El fin del malvado y la herencia del humilde
David declara que en poco tiempo el malvado no existirá. Su lugar desaparecerá. El establecimiento del reino de D-os traerá un cambio definitivo: lo impío no tendrá permanencia.
Por el contrario, los humildes heredarán la tierra y se deleitarán en abundante shalom: una paz verdadera, de reino, resultado del orden de D-os establecido. Este deleite es profundo, pleno y duradero.
7) D-os se ríe del malvado porque su día viene
El malvado conspira contra el justo, pero D-os—Adonay, el Soberano— se ríe de él, porque conoce su final. El impío tiene tiempo limitado. Lo que está bajo el sol es vanidad, como enseña Eclesiastés; solo lo que está conectado con el reino permanece para siempre.
Las armas del malvado finalmente se vuelven contra él. Su violencia no prevalece.
8) Mejor lo poco del justo que la abundancia del malvado
David redefine el concepto de riqueza: mejor es lo poco del justo que la abundancia del malvado. La riqueza obtenida fuera de la voluntad de D-os no tiene valor eterno. El tiempo quebrará los brazos del malvado; no podrá sostener lo que acumuló.
En contraste, el Se-or sostiene a los justos. Él conoce sus días y su herencia será para siempre. En tiempos de dificultad no serán avergonzados, y en días de hambre serán saciados.
El destino final del malvado es claro: como la hermosura de un prado que se seca, su esplendor desaparece. Todo termina en humo. No hay futuro glorioso fuera de D-os.
Conclusión: una decisión eterna
El Salmo 37 nos confronta con una decisión fundamental: vivir para lo temporal o abrazar la eternidad. La vida de reino es un regalo recibido por gracia mediante la fe en el Mesías, quien murió por nuestro pecado y resucitó para darnos vida eterna.
Confesar nuestra necesidad, arrepentirnos del pecado y confiar en la obra suficiente del Mesías asegura una herencia eterna y gloriosa. Pensar correctamente, desde la perspectiva de D-os, transforma cómo vivimos hoy y determina dónde viviremos para siempre.
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